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Revista de los Estudiantes de Historia

 Nº 4. Febrero de 2006

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PUTUMAYO: PROYECTO PILOTO DE GUERRA EN AMÉRICA LATINA

 

 

 

 

 

 

 

Hugo Hernán Lasso Otaya6 (Historia)

Universidad del Valle

 Cali – Colombia

enredaos1979@yahoo.es

 

En el desarrollo del conflicto Social y Armado que vivimos en el país, hay acontecimientos que nos pueden parecer irrelevantes, sin importancia; Es precisamente desde esa postura peligrosa e irresponsable que confiamos ciegamente en la sesgada información que nos llega por radio, prensa y televisión. A partir de estos hechos concretos se hace necesario retomar la historia del Putumayo y proponer un debate que se nutra continuamente de los pensares y vivires de las comunidades que han querido y podido permanecer en la región.

 

Para empezar, no es nada alentador que la región en la cual vivimos sea poco conocida, claro está a excepción de lo que pregonan las “autoridades” e instituciones “conocedoras” desde la ciudad de Bogotá. Entre esas podemos escuchar, leer y ver que nuestro departamento es uno de los que conforma la puerta de oro a la Amazonía,  es una de las regiones más ricas hidrográficamente hablando, una de las zonas petroleras por excelencia; pero también y como nos dice Fernando Arellano Ortiz “No hay que olvidar que el Putumayo y el oriente ecuatoriano son la puerta de entrada a la Amazonía que constituye una de las principales fuentes de agua dulce, oxigeno, petróleo y un gran banco de biodiversidad en el mundo. Y, al mismo tiempo, es la salida que tiene Sudamérica hacia el Atlántico” [1] y claro, una con la mejor producción de pasta básica de coca en el planeta, sitio estratégico de la guerrilla de las FARC-EP y de los narcotraficantes de todo el mundo.

 

Es importante entonces, que pongamos a la luz de nuestros debates, el direccionamiento que estas distintas voces nos dejan planteado. Si bien la región del Putumayo se ha convertido a partir del siglo XIX , en enclave económico para Colombia y también Ecuador, Brasil y Perú[2], el contexto mundial actual, en el que la biodiversidad, los recursos naturales como el agua dulce, oxigeno, petróleo se convierten en el nuevo valor agregado para las potencias económicas y militares; nos dejan sin opción. Es justo entonces que levantemos nuestra voz, pero que también escuchemos y veamos que existe algo más, algo que ha sido oculto y que es necesario hacer visible. Son estas voces campesinas, indígenas, colonas, que entonan propuestas integrales para el territorio las que deben ser escuchadas.

 

Implantación de una Cultura del Terror en el Putumayo.

Si bien, hoy no es difícil tener alguna idea de nuestro departamento ya que encontramos buena información, sobre todo vía Internet, es urgente que empecemos por recoger nuestra historia, la cual se remonta muchos años en el tiempo, años en los que don Francisco Pérez de Quesada llegaba al territorio de los Mocoas, allí se encuentra en la actualidad la capital del departamento, el municipio de Mocoa; y la zona conocida por los cronistas de la época como Ecija de los Sucumbíos[3], que hoy abarca municipios como el de Villagarzón, Villaflor y Puerto Limón. A ese tiempo se remonta la invasión de nuestro territorio, la dominación de nuestras gentes y el ferviente interés de explotar sin medida, pero con muchas “razones”, los recursos que en el se encontraban. En un principio fue la Quina. Inmensos árboles fueron derribados en el piedemonte amazónico entre los años 1850-1882, la selva empezaba a ser devastada con el fin único de enriquecer a los comerciantes de la corteza del árbol de quina, quienes llegaban de todas las zonas aledañas y países vecinos como le Brasil y el Perú.  Pero este negocio fue fugaz, sin embargo ya se había establecido la región como una importante fuente de materias primas y como objeto de una Cultura de terror alimentada por la mezcla de silencio y mito, encaminada a hacer de este territorio un espacio de muerte en donde la tortura era suspendida inmediatamente antes de quitar la vida, pero al mismo tiempo inspirando el agudo temor mental e inflingiendo mucho de la agonía física de la muerte.

 

No pasaría mucho tiempo para que esto se corroborara, ahora sería el caucho negro o castilloa, una especie de caucho encontrado en la época, importante para la industria automotriz brasilera, que no tardaría en direccionar sus inversiones, que por desgracia se había encontrado en el territorio putumayense y sería el próximo negocio que llegaría con todas sus consecuencias a la región. “La fiebre del caucho había empezado algunas décadas atrás, cuando en el Brasil se inició de forma sistemática la explotación del látex de Hevea brasiliensis, o siringa, para suplir la creciente demanda de caucho natural por parte de grandes industrias de Estados Unidos, Inglaterra, Francia y otros países europeos. La masificación del neumático para bicicletas y luego su aplicación a gran escala en la industria automotriz, telecomunicaciones (cables submarinos), medicina y hasta en los zeppelines, dispararon, hasta enloquecer, su demanda”[4]. Pero para constituir toda esa próspera empresa tuvieron que perseguir, asesinar y someter nuevamente.

 

Para el Gobierno Colombiano a inicios del siglo XX -precisamente el de Rafael Reyes Prieto que inicio en 1904-, acabada la conocida Guerra de los Mil Días, no era de interés intervenir en la problemática que ya afloraba en la región, lo consideraría como “cosas de caucheros”. Pero lo que en adelante vendría seria lo peor. Se había fundado en 1903 la Casa Arana y Hermanos en el territorio colombiano, empresa dedicada a la extracción del caucho cuyo propietario, Julio Cesar Arana un peruano que en compañía de un hermano y con el respaldo del ejercito de su país que operaba en la zona, controlaría extensas zonas reservadas a la actividad. El comercio y la exportación fueron tan llamativos que los comerciantes Colombianos vieron afectados sus intereses, con lo que se dio inicio a una partida en la cual los perdedores nunca fueron reconocidos como tal, solo dejaron de existir. Fueron comunidades nativas que habitaban la franja de los ríos Caráparaná, al alto Cahuinarí e Igaráparaná, principalmente Huitoto, Andoque, Bora y Nonuya, comunidades que fueron utilizadas para el siringueo como se conocía  la extracción de la goma de los árboles de caucho, la carga y utilidad en oficios propios de los campamentos de la empresa. Sus actividades de cultivo, caza, dedicación a la maloca y sus espacios ceremoniales fueron extirpados. Sin embargo el conflicto no llega hasta este punto, “En 1907, un joven ingeniero norteamericano, W. Hardenburg, de paso por el Putumayo, presenció en el Caráparaná el asalto a mano armada de un centro cauchero colombiano por las huestes de Arana, secundadas por el ejército peruano. También fue testigo del trato que recibían los indios y del régimen de tortura a que eran sometidos. En 1909, el periódico londinense Truth publicó su testimonio, bajo el título "El paraíso del diablo". Hardenburg relataba con detalle sus observaciones y otros testimonios que había logrado recoger durante sus meses de estadía en Iquitos; denunció la existencia de un verdadero régimen de esclavitud en el Putumayo, en el cual los indios eran forzados a trabajar, sometidos a la tortura en el cepo y al látigo, expuestos a hambrunas y a las pestes provocadas por las precarias condiciones de trabajo, entre otras formas de represión”[5]. Algunos de los hechos relatados por Hardenburg incluían que a los indígenas “los torturaban con fuego, agua y la crucifixión con los pies para arriba. Los empleados de la compañía cortaban a los indios en pedazos con machetes y aplastaban los sesos de los niños pequeños al lanzarlos contra árboles y paredes. A los viejos los mataban cuando ya no podían trabajar, y para divertirse los funcionarios de la compañía ejercitaban su pericia de tiradores utilizando a los indios como blanco. En ocasiones especiales como el sábado de pascua, sábado de gloria los mataban en grupos o, de preferencia, los rociaban con kerosén y les prendían fuego para disfrutar con su agonía[6]”.

 

Sería tan alarmante lo que sucedía en el Putumayo en esos momentos que inmediatamente conocidas las observaciones de Hardenburg, se buscaría hacer llegar una comisión que pudiera verificar lo mencionado. En esta tarea toma parte el Gobierno Británico y es en 1910 año en el cual, a través del Cónsul Inglés en Rio de Janeiro, Sir Roger Casement, se constata la situación de los indígenas y el funcionamiento de la empresa. Poco a poco se lograría en un ámbito internacional, principalmente, llevar a la demanda la operación de la Peruvian Amazon Company, como se conoció la casa Arana, los mismos dueños de la empresa son llamados a declaraciones sobre el tema y niegan los acontecimientos descritos, aprovechan el momento para tergiversar la responsabilidad de la situación en el Putumayo y atribuírsela a los antiguos trabajadores caucheros, que claro está habían sido colombianos. El debate continúa y para la década del treinta se llega a prohibir el funcionamiento de la Casa, sin embargo otras situaciones desviarían el interés por el asunto. Al Putumayo continuarían llegando empresas multinacionales interesadas en la explotación de recursos naturales.

 

Aunque parezca difícil de creer estos hechos hacen parte de la historia del Putumayo, así como en el siglo XIX se revivió parte de la mitología colonial de estigmatización a las comunidades indígenas para mantener alejados a otros colonos que quisieran explotar los recursos, así mismo seguiría sucediendo a lo largo del siglo XX. Ahora, cuando el cultivo y procesamiento de la hoja de coca –planta milenaria dentro de las comunidades indígenas en Suramérica, que tiene un uso ritual y curativo- y finalmente la mercantilización de la pasta básica de coca, harían nuevamente de estas tierras el escenario de una nueva guerra en la que el Estado colombiano, así como en otras épocas Colonos, Misioneros y Caucheros, impondría  una Cultura del Terror en el departamento del Putumayo.

 

Una Declaración de Guerra Frontal

No olvidemos que nuestro departamento, se convirtió desde el año 2000, no olvidemos que nuestro departamento, se convirtió desde el año 2000, en Proyecto Piloto de guerra en América Latina, con objetivos claros en un principio de erradicación de cultivos ilícitos, la producción de drogas y el narcotráfico, convirtiéndose después en una lucha contrainsurgente. Todo lo anterior financiado y patrocinado por Estado Unidos, quien empezó a gastar miles de millones de dólares en ayuda, sobre todo militar, a través de su llamado Plan Colombia.

Siendo nuevamente el piedemonte amazónico, zona que conforman los municipios de Mocoa, Puerto Limón y Villagarzón, testigo, como en tiempos anteriores, de la nueva empresa en el Putumayo, encontramos que es el escenario en el cual cobra vida la cultura del terror,  lo primero por hacer seria la instalación de “una Brigada entrenada por los Estados Unidos, equipada además con unos 750 militares y policías[7]” altamente entrenados en la búsqueda y erradicación de cultivos ilícitos, en tareas propias de la lucha contra el narcotráfico, operaciones de contrainsurgencia y en el ejercicio de control de la población que hasta ese punto confluye de muchas partes del territorio, pero principalmente de la región que conocemos como bajo Putumayo y que está conformada por los municipios de Puerto Caicedo, Puerto Asís, Orito, La Hormiga, San Miguel y Puerto Leguizamo, pues estos, los militares,  tienen en mente que es de donde provienen los grandes cargamentos de coca que tienen una ruta obligada por este punto de la geografía departamental. A partir de este momento las cosas serían mas difíciles para sus habitantes, se iniciaban las tareas propias de la llamada “lucha contra las drogas”, pilar fundante del llamado Plan Colombia, ahí iniciaba nuevamente el calvario para los habitantes del Putumayo.

 

A este macabro plan -digamos que uno más- como expresión de asistencialismo y falta de políticas de gobierno y Estado Colombiano, los campesinos, indígenas y colonos, quisieron hacer caso omiso. Sin embargo y como lo denunciarían los propios habitantes, el juego ya estaba puesto sobre la mesa y ellos quieran o no, si anhelaban mantener sus parcelas y chagras, iban a tener que aceptarlo. La “colaboración” era recíproca, llegaron a decirles: tenemos para ustedes una primera fase del plan, una primera entrega como aporte, se realizará por veredas y en las cabeceras municipales se logrará centralizar los recursos. Estos se constituyen de animales para engorde como gallinas, un puerco y a unos pocos una novilla o vaca pequeña; por su parte su labor es la sustitución de cultivos ilícitos en sus regiones, esa será su colaboración y así no llegaran los mocha- cabezas.

Había sido una declaración de guerra frontal, la persecución no se haría esperar, las familias que no creyeron definitivamente en esta “nueva” propuesta solo tenían una opción para salvar sus vidas y honra, aquella alternativa era la más dura, era emprender un rumbo desconocido, tal vez como de pronto alguna vez lo harían sus padres y madres para llegar a la región, sólo que ellos en esta ocasión lo harían para abandonarla. "No tenemos más remedio que irnos a Nariño a seguir sembrando coca o amapola para poder sobrevivir", confiesa Gerardo, mientras acomoda sus bártulos para trasladarse con su esposa, Aurora, y sus dos hijos, a otra región que les permita obtener el sustento diario. Gerardo y su familia trabajaron como raspachines de cultivos psicotrópicos durante los últimos cinco años en el departamento del Putumayo, pero para su infortunio, el Plan Colombia con sus fumigaciones ha desplazado a los campesinos que se dedicaban a esta labor hacia vastas regiones rurales y selváticas del departamento de Nariño, donde aún es posible sembrar coca y amapola[8]”.


No pasaría mucho tiempo cuando las amenazas se transformarían en hechos. A la constante persecución, estigmatización, control de alimentos por parte de las tropas militares-paramilitares[9] en el departamento, se sumaban las fumigaciones a cultivos de plátano, yuca, maíz, los mismos animales y habitantes, niños, niñas, mujeres, hombres y ancianos, con el “herbicida” glifosato. “Mientras tanto, entre 1998 y 2002, los paramilitares tomaron control de la mayoría de las áreas urbanas de Putumayo. Sus tácticas preferidas incluyeron masacres, extorsión, asesinatos selectivos y la tortura pública[10]”.  Los mocha-cabezas inician a saldar cuentas, les decían a los campesinos. 

 

Dominio bajo cualquier costo

La estrategia paramilitar llega al Putumayo y cobra fuerza con sus acciones de tierra arrasada, violación total de los derechos fundamentales de la población y una política clara de control de los territorios departamentales y regionales. El Putumayo ha cobrado nuevamente su valor como proyecto piloto de guerra en América Latina.

El plan continúa y hoy por hoy ha vinculado a los habitantes en el departamento e inclusive se proyecta a traspasar las fronteras, vinculando a sus vecinos, como Ecuador, Perú y Brasil, algunos aún coquetos, otros con una política clara frente al Plan Colombia y los intereses gringos. Recordemos que Colombia es la puerta a Suramérica, zona de suma importancia por su ubicación geoestratégica, fundamental para el dominio de la región y eso lo sabe Estados Unidos. Por eso es uno de los países que no ahorra esfuerzos, desde su Parlamento, prolonga la ayuda económica hacia Colombia, pero con la condición de que el dinero tenga acceso directo a los programas del plan, plan que no ha dejado ver sino única y exclusivamente una política militarista, de dominio bajo cualquier costo.

Una muestra de esto  la encontramos en uno de los despliegues militares más gigantesco que hayamos podido ver los putumayenses y que se denomino “Plan Patriota”. Dentro de sus objetivos, fueron denunciados sus intereses,  “Gobierno pone en marcha el “Plan Patriota, para cambiar equilibrio de la guerra contra las FARC”, intereses que fueron corroborados en el Tiempo (25/ 04/ 2004), en el artículo  y en cuyos apartes dice: “El objetivo es desplegar una fuerza de 14.000 ó 15.000 hombres en el sur del país, donde el grupo guerrillero mantiene intacta su retaguardia” y más adelante confirma la autoría de semejante Plan: “Para definir la estrategia, se han producido decenas de reuniones entre el Ejecutivo y la cúpula de las Fuerzas Militares con el Comando Sur y los Departamentos de Estado y Defensa de los Estados Unidos.” Y por si quedara alguna duda de los intereses de Estados Unidos en el control de la región, dicen: “La participación de Estados Unidos en esta campaña militar será definitiva, y por eso no sería extraño que los recursos que hasta ahora llegan para el “Plan Colombia” de ahora en adelante sean para el “Plan Patriota”, mencionado que la ayuda de Washington está diseñada para tres años de ofensiva. Dentro del presupuesto que se distribuirá a lo largo de este año, al menos 110 millones de dólares servirán para fortalecer dicho plan, para el 2005 hay pedidos otros 110 millones de dólares y para el 2006 ya se está elaborando el plan de ese año”[11].

 

Sabemos que ese costo no es comparado con lo que está en juego en nuestro departamento y en la amazonía entera, sabemos también que existe un nuevo “dorado” el cual quieren comercializar, sabemos de sus intereses y su verdadero “plan”, sabemos que no les bastó con mil y una invasiones alrededor de todo el mundo,  que no fueron satisfechos ni en Nagasaki ni en Hiroshima, que el petróleo de Irak y del oriente no les será suficiente, sabemos que hoy como ayer nos quieren someter por los siglos de los siglos…

 

Reflexión No Final

Los pobladores de esta rica, importante y hermosa región del mundo, vemos con gran preocupación, que sectores del país,  principalmente el de los llamados “dirigentes”, hacen todos los esfuerzos posibles por minimizar las problemáticas que hoy como hace mucho tiempo vivimos en carne propia los putumayenses. Al contrario de esto y entorno a la agudización del conflicto, la única respuesta que vemos en el departamento, es la militarización del mismo, son las repetidas voces de altos mandos de las Fuerzas Militares que dicen estar ganando la guerra: “siempre hemos dicho que las FARC están siendo derrotadas, pero que todavía no están derrotadas, aun tienen mucho poder” (Entrevista al comandante de FF.MM. Carlos Alberto Ospina; Habla de Recientes Reveces. El Tiempo 13/ 02/ 2005, Pág. 1-9); Y que dejan ver un total desconocimiento de las necesidades de la región y sus pobladores.

 

El desconocimiento de la urgencia de una atención hospitalaria en mejores condiciones para su población campesina, indígena y colona, por ejemplo; de una real inversión en Educación para la niñez y juventud putumayense; de un constructivo diálogo con sus pobladores que lleve a plantear sistemas productivos coherentes con las necesidades económicas del departamento. Todo esto podría mostrar un verdadero interés por la región y sus pobladores; sin embargo sabemos que no es así y hemos aprendido que solo es el juego electoral y antidemocrático, o sea las elecciones de cualquier tipo, en el cual se pretende vincular a la población y cuando se “da” todo el apoyo y la Asistencia a las regiones más abandonadas. Como mencionaba anteriormente, lo único que se conoce de nuestro Putumayo es el conflicto armado y no el conflicto social que sobrepasa las pocas décadas que se le han querido atribuir y eso, eso es peligroso e irresponsable.

 


Notas de Pie de Página

6 Estudiante de Décimo semestre de Historia de la Universidad del Valle (Cali, Colombia). Ha realizado dos diplomados en Derechos Humanos y Etnoeducación y Cátedra Afro colombiana. Sus áreas de interés son la Historia de Colombia, la Etnohistoria y los Derechos Humanos.

[1] Fernando Arellano Ortiz. Razones para regionalizar el conflicto colombiano: Putumayo y Oriente ecuatoriano, objetivos geoestratégicos de EE.UU. Servicio Informativo "alai-amlatina". Publicado en www.rebelión.org.  17 de Septiembre de 2003.

[2] A mediados del siglo XIX, todos los territorios localizados en el suroriente Colombiano se encontraban cubiertos por grandes selvas tropicales: el gran territorio del Caquetá —surcado por grandes ríos que descienden sinuosa y lentamente desde los Andes hasta verter sus aguas en el majestuoso río de las Amazonas—estaba en su mayoría habitado por comunidades nativas que hablaban diversas lenguas. La relativa "tranquilidad" de la región se vio afectada por la "fiebre de la quina", que desde 1850 a 1882 se apoderó de diversas regiones de Colombia. En 1878, la Casa Elías Reyes y Hermanos inició operaciones en el piedemonte colombiano, en una vasta región que abarcaba parte de la bota caucana y los ríos Caquetá y Putumayo. Con la ayuda de indígenas de la región y de trabajadores migrantes del Tolima, Nariño y Boyacá, derribaban los árboles de quina y extraían su corteza. Mocoa era el epicentro de su actividad; allí se concentraba la quina, antes de transportarla a "lomo de indio" hasta Puerto Sofía, con el fin de enviarla en barcos de vapor con destino al Amazonas.

Consultado en: La Casa Arana en el Putumayo. El caucho y el proceso esclavista. Tomado de: Revista Credencial Historia. (Bogota- Colombia). Edición 160. Abril de 2003. Banco de la República. Biblioteca Luis Ángel Arango. Colombia

[3] Bonilla Sandoval, Víctor Daniel. Siervos de Dios y Amos de Indios, el Estado y la Misión Capuchina en el Putumayo, Editado por el autor, Bogotá, Colombia, 1969.

[4] Consultado en: La Casa Arana en el Putumayo. El caucho y el proceso esclavista. Tomado de: Revista Credencial Historia. (Bogota- Colombia). Edición 160. Abril de 2003. Banco de la República. Biblioteca Luis Ángel Arango. Colombia

[5] Ibíd.

[6] Taussig Michael. Chamanismo, Colonialismo y el Hombre Salvaje. Un estudio sobre el terror y la curación. Editorial Norma. Bogota, 2002. Pág. 56. citando a Hardenburg “The Putumayo” 184-85, 213-14.

[7] Ceguera interesada: Omisiones de los medios en la guerra de Colombia. Phillip Cryan. CounterPunch. Traducido para www.rebelión.org  por Germán Leyens. 31 de Diciembre de 2003.

[8] Fernando Arellano Ortiz. Razones para regionalizar el conflicto colombiano: Putumayo y Oriente ecuatoriano, objetivos geoestratégicos de EE.UU. Servicio Informativo "alai-amlatina". Publicado en www.rebelión.org.  17 de Septiembre de 2003.

[9] “El frente paramilitar, que de hecho es una sucursal del ejército colombiano, que trabaja en coordinación total con este. Los paramilitares fueron creados con un conjunto de fuerzas de la CIA, del ejército colombiano, de mercenarios israelíes, con el apoyo de empresas transnacionales. La primera fue la Texaco con el primer proyecto paramilitar en puerto Boyacá, pero hay otras empresas transnacionales que están colaborando en ese sentido, como la British Petrol, la Corona Goldmines, y la Coca-Cola entre otras. El paramilitarismo es el hijo ilegitimo del ejercito colombiano, actúa en coordinación con este, los ataques se llevan a cabo coordinadamente con el ejercito colombiano y muchas veces son soldados activos que nada más cambian su uniforme, o ni eso, sino nada más quitan el emblema del ejercito colombiano para actuar como paramilitares”. Entrevista realizada a Darío Azzellini. Joven investigador y politólogo con formación académica en temáticas relacionado con Latinoamérica, especialmente con movimientos sociales y de resistencia, y sobre conflictos, guerras, militarismo y operaciones secretas.  Reside en Berlín, Alemania, y es autor de varios libros sobre Colombia. Su última obra “La empresa guerra” trata de la privatización de la guerra. Por Raúl Martínez,  Anncol Venezuela.

[10] Ibíd. Cita No. 8

[11] [Fuente: Por Allende La Paz, ANNCOL, Colombia, 27Abr04]

 

*Fotografía de: www.child-soldiers.org

 

 

 

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Última actualización: 19 de Febrero de 2006.